Este viejo cuento oriental nos cuenta que en el comienzo de los tiempos hubo una reunión de todos los dioses y que mientras conversaban, se les ocurrió crear el universo. Cada uno de ellos tenía una especialidad diferente, así que se dividieron las tareas y decidieron reunirse nuevamente para ver cómo iban las cosas.

Había un grupo de dioses encargados de crear la vida, pero no lograban ponerse de acuerdo. La mayoría pensaba que lo mejor era hacer seres que no pudieran pensar por sí mismos. A uno se le ocurrió que lo mejor era crear una vida pequeña y fugaz. Entonces creó al mosquito. Sin embargo, se volvió tan molesto que decidieron enviarlo al planeta Tierra para que no los importunara.

Otro de los dioses pensó que tal vez sería más divertido si creaba una forma de vida ágil y llena de habilidades, además de hermosa. Entonces inventó al gato. Éste era demasiado independiente y pronto se les escapó, sin que supieran a dónde había ido a parar.

Viendo aquello, otro de los dioses sintió que era mejor crear un ser que fuera más amable y cercano. Que acompañara a los dioses a donde fueran y no se escapara a la primera oportunidad, como había hecho el gato. Fue así como pensó en el perro. A todos los dioses les encantaron los perros, pero a uno de ellos le molestó que no pudiera pensar, que no pudiera hablar.

El dios que estaba inconforme con las formas de vida que habían creado sus compañeros decidió pensarlo todo un poco mejor. Se tomó algunos siglos. Al final decidió elaborar un ser, lo más perfecto posible. Le daría una inteligencia para que pudiera pensar y un corazón para que pudiera sentir. Pensaba que no tenía sentido crear un universo si no había alguien capaz de admirarlo y comprender su significado.

Fue entonces cuando este dios creó al ser humano. Era muy parecido a los dioses. Una vez lo hizo, todos vieron que el nuevo ser estaba desorientado. No sabía qué hacer, ni cómo existir. Entonces a otro de los dioses se le ocurrió entregarle el don de la felicidad para que no estuviera tan inquieto.

Cuando lo hizo, el humano se acostó plácidamente en un prado y se quedó contemplando las estrellas. Pasaron varios siglos y no se movía de allí. No hacía nada. ¿Para qué? Era feliz eternamente. En su corazón había dicha y no necesitaba nada más.

Al ver esto, el dios creador del ser humano pensó que su compañero había cometido un error. Darle la felicidad completa al humano no hacía más que convertirlo en alguien pasivo, que no hacía uso ni de la inteligencia, ni de la sensibilidad con las que estaba dotado. Entonces, se le ocurrió una idea: no quería quitarle la felicidad, pero tal vez sería bueno ocultarla. Así el ser humano se vería en la necesidad de buscarla y dejaría esa pasividad insana.

A los demás dioses les encantó la idea. Uno de ellos propuso que la felicidad fuera encerrada en un cofre y que escondieran las llaves del mismo. Los demás estuvieron de acuerdo, pero no sabían ni en dónde poner el cofre, ni en dónde las llaves que lo abrían. Algunos dijeron que lo mejor era ponerlo todo en el fondo de los mares. Otros opinaban que era mejor hacerlo en el cielo. Los demás decían que en los volcanes.

Hubo una larga discusión y al final, el dios creador tuvo otra excelente idea.

  • Lo mejor es esconder el cofre y las llaves dentro de ellos mismos. Así tendrán que conocerse para encontrarlos.

Todos lo aplaudieron. Luego uno de los dioses de luz dijo:

  • Pongamos el cofre de la felicidad en su mente. Así podrá encontrarlo mediante la inteligencia.

Hubo otro aplauso. El dios de las profundidades añadió:

  • Guardemos las llaves en su corazón. La bondad les mostrará el camino para hallarlas.

Todos estuvieron de acuerdo.

 

¿Cuál es tu cofre?, ¿ya lo has encontrado? ¿Y las llaves?, ¿sabes dónde están?

¡¡Feliz semana a todos y no os olvidéis de sonreír por favor!!