La petición del maestro habla sobre la conciencia, el bien, el mal y la importancia de ser coherente con nuestros valores y aprendizajes.

En una antigua aldea había un pequeño monasterio en el que habitaban un maestro y sus cinco discípulos. Estos últimos eran muy jóvenes, mientras que el maestro ya estaba en el otoño de su vida. Sin embargo, había una gran comprensión entre ellos. Se trataban con respeto y los unía el deseo de crecer espiritualmente.

El maestro les inculcaba a sus discípulos distintos valores y enseñanzas. La más importante de ellas era la de renunciar al deseo, considerado fuente de todo sufrimiento. En muchas ocasiones les insistía en que la verdadera felicidad estaba en abandonar esas ambiciones pasajeras del yo que solo conducían a la intranquilidad interior que emanaba de la lucha por alcanzarlas.

Todos ellos vivían en medio de una gran austeridad. Trabajaban desde que salía el sol hasta el anochecer. No contaban con ningún lujo y, sin embargo, eran felices. Cultivaban la tierra y solo tomaban de ella lo estrictamente necesario. Si algo llegaba a sobrarles, lo compartían con la gente de la aldea.

En cierta ocasión, llegó un verano extremadamente caluroso. Todos pensaron que se mantendría así durante una o dos semanas, pero esto no ocurrió. Cada vez hacía más calor y no caía una gota de agua. Los monjes hacían todo lo posible por racionar el agua y dedicarla preferentemente a los cultivos.

Los días pasaban y la situación se mantenía igual. Las reservas de agua fueron acabándose y los cultivos comenzaron a estropearse. Los pocos animales que tenían también empezaron a morir de sed. Los habitantes del monasterio casi no contaban con el agua suficiente para saciar su sed. La comida también escaseaba.

Uno de los discípulos decidió ir hasta la aldea para pedir ayuda. Sin embargo, todos estaban en la misma situación. No había agua, los cultivos estaban quemados y apenas tenían con qué comer. Solo tres mercaderes muy ricos de la zona tenían suficiente alimento almacenado. El monje les rogó ayuda, pero apenas le dieron unos cuantos mendrugos de pan duro. La situación era crítica.

Ante la difícil situación, el maestro reunió a sus discípulos. Lo había pensado muy bien y quería hacerles una petición. Todos se congregaron en torno a él. Estaban expectantes. En todo el tiempo que llevaban juntos era la primera vez que el maestro pedía algo formalmente. La situación era excepcional, así que seguramente el pedido también lo sería.

El maestro les dijo a sus discípulos que él ya estaba muy viejo. Que a una edad avanzada el hambre era mucho más atroz. Él necesitaba comer y ellos tenían que ayudarle. Los discípulos le contestaron que ellos sufrían mucho al verlo pasar los días sin apenas qué comer. Estaban dispuestos a lo que fuera. De hecho, ya habían tocado puertas, pero nadie en la aldea podía o quería ayudarles.

Fue entonces cuando el maestro hizo una petición que los dejó sorprendidos a todos. Dijo así: Si la gente de la aldea no quiere ayudarnos, lo único que pueden hacer es robar comida para mí”. Todos estaban asombrados. Solo uno de ellos le advirtió que eso era muy peligroso. El maestro dijo: “Solo tienen que esconderse en un lugar en donde nadie, absolutamente nadie, los vea. Luego, aguardar con paciencia hasta que pase uno de los mercaderes y asaltarle con el rostro cubierto para que no sepan quién fue”.

Ante la petición del maestro, todos los monjes se pusieron a preparar el plan. Algunos proponían el lugar para llevarlo a cabo. Otros se ofrecieron a preparar las máscaras para que cubrieran sus rostros. Algunos más especulaban sobre cuál era la mejor manera de hacer el ataque. Solo uno de los monjes permanecía apartado y en silencio.

Al verlo, el maestro lo llamó. “¿Qué pasa contigo?”, le preguntó. “¿Acaso no quieres ayudarme a calmar el hambre?”, añadió. El joven discípulo respondió simplemente: “Lo que tú pides es imposible de cumplir. Has dicho que debemos ocultarnos en un lugar en donde nadie, absolutamente nadie, nos vea. Y eso no es posible”. “¿Por qué?”, preguntó el maestro. Y así respondió el monje: “Porque en todas partes mi conciencia me ve. Así que no existe ningún lugar en donde esconderme”.

El maestro sonrió satisfecho, estaba feliz de que al menos uno de sus discípulos hubiera aprendido las enseñanzas que con tanto esmero había intentado inculcarles. Los demás discípulos estaban confundidos. Se dieron cuenta de que aún tenían mucho que aprender.

Nuestros actos han de ser coherentes con los principios y valores personales en los que basamos nuestra forma de vivir la vida. Una figura de autoridad puede ejercer cierto poder, pero nuestra conciencia, nuestra moralidad y nuestros actos nos acompañarán siempre. Es habitual en el deporte ver personas que predican unos valores que, en determinadas circunstancias (autoridad, entorno…), pasan por alto sin aparente esfuerzo. Seamos conscientes y coherentes.

¡¡Feliz semana a todos y no os olvidéis de sonreír por favor!!