La historia que compartimos esta semana trata sobre los problemas y la manera en que nos enfrentamos a los mismos. Independientemente del tipo de problema al que nos enfrentemos, debemos encontrar una solución adecuada y, a veces, tenemos que hacerlo lo antes posible.

Un gran maestro zen se encargaba de enseñar a los jóvenes discípulos que habían llegado al monasterio. Cierto día el guardián del monasterio murió, y había que sustituirlo. El maestro reunió a todos sus discípulos para escoger a la persona que tendría ese honor.

– Os presentaré un problema – dijo- Aquel que lo resuelva primero, será el nuevo guardián del monasterio.

Trajo al centro de la sala un banco y colocó encima un enorme y hermoso florero de porcelana en el que se hallaba una preciosa rosa roja.

– Este es el problema.

Los discípulos contemplaron perplejos lo que veían: los diseños sofisticados y raros de la porcelana, la frescura y elegancia de la flor… ¿Qué representaba aquello? ¿Qué hacer? ¿Cuál era el enigma? Todos estaban paralizados.

Después de algunos minutos, un alumno se levantó, miró al maestro y a los demás discípulos, caminó hacia el florero con determinación, lo retiró del banco y lo puso en el suelo.

– Usted es el nuevo guardián – le dijo el gran maestro, y explicó- Fui muy claro, os dije que estabais delante de un problema. No importa cuán fascinantes o raros sean, los problemas deben ser resueltos.

Este cuento nos advierte de los peligros de quedarnos atascados en la contemplación del problema. Es algo que ocurre a menudo en la vida cotidiana, cuando nos quedamos rumiando sobre la situación a resolver, aplazando la solución, muchas veces por miedo. En su lugar, debemos aprender a afrontarlos. Debemos recordar que muchas veces el peso de los problemas irresueltos es peor que las consecuencias del mismo.

¡¡Feliz semana a todos y no os olvidéis de sonreír, por favor!!